Nunca... (106) La II Feria Apícola, Pastrana y la Princesa
Dedicado a Íker, Carmen y Nacho que, como yo, aman a Doña Ana
José
Luis Herguedas me llamó por teléfono para contarme los pormenores de la Feria Apícola de Castilla-La Mancha -ahora
Feria Apícola Internacional-, que iba a celebrar su segunda edición a finales de Mayo en Pastrana, capital de la miel alcarreña, y quería que Ser Guadalajara
estuviera presente los cuatro días del certamen con un stand para cubrir los
diferentes actos, conferencias y exposiciones que se iban a celebrar en la Villa
Ducal. Le pedí que al margen de ir a cubrir la rueda de prensa que viniera a la
emisora para hablar sobre el evento y la situación del sector apícola en la
región y en nuestro país.

El
día señalado fue una mañana fría y soleada del mes de abril y, repartidos en
diferentes coches, Olga y yo fuimos con el resto de compañeros de la prensa a
la sede de la feria. Tras un largo y sinuoso recorrido, primero por la
carretera de Sacedón, pronto giramos por carreteras en muy mal estado pasando
por Horche, Armuña de Tajuña, y la estación de seguimiento espacial de
Telefónica, Hueva, dejando Tendilla y Moratilla de los Meleros a la izquierda, en
dirección a nuestra meta. La ciudad de la que había oído hablar estudiando
historia y la época de los Austrias Mayores se nos abría finalmente colgada a
ambos lados de un barranco como la canción de Serrat.
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Palacio Ducal (*) |
Era
un pequeño bosque de piedra colgado entre dos gargantas coronadas por los
conventos de San José y San Francisco y la Ermita del Sagrado Corazón de María
mientras en frente se abría el Convento del Carmen. Dejé que Olga siguiera con
los entresijos de la Feria mientras yo me empapaba del aroma de las piedras de
Castilla y sentía, percibía, una presencia apasionada que no me resultaba
desconocida. Cuando, tras abandonar las casi ruinas del Convento de San
Francisco donde se iba a celebrar la exposición bajamos en compañía del alcalde de la villa, Antonio Alegre, hacía la Plaza de la
Hora, y entendí al viajero Camilo José Cela en su –primer- Viaje a la Alcarria
sintiendo como propias sus palabras ora grabadas en la plaza: A la mañana siguiente cuando el viajero se
asomó a la Plaza de la Hora y entró de verdad y para su uso en Pastrana, la
primera sensación que tuvo fue la de encontrarse con una ciudad medieval, en
una gran ciudad medieval…” y yo añadiría, si ánimo de corregir al Nobel de
Literatura, “que respira historia por los cuatro costados”, mejor dicho, por
tres, porque la Plaza de la Hora está abierta en su frente sur hacia el Tajo.
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Doña Ana de Mendoza |
Aquella
fuerte sensación vuelve a mi cuando algo o alguien me recuerda a Ana de
Mendoza. Desde entonces he leído todo lo que ha podido caer en mis manos sobre
aquella mujer; las obras de Don Manuel Fernández Álvarez, Nacho Ares,
Almudena de Arteaga, Geoffrey Parker, María Teresa Álvarez, Henry Kamen, Hugh Thomas, etc. y he compartido momentos
maravillosos con Íker Jiménez y Carmen Porter hablando de uno de nuestrospersonajes preferidos y sobre el que realizaron un reportaje especial en Cuarto Milenio cuando Antonio del Real realizó la película La Conjura de El Escorial con Julia Ormond, o escuchando una
deliciosa tertulia-entrevista que Marta González Novo realizó en La Ventana del
Verano en la Ser con Alfonso Guerra y el propio Manuel Fernández Álvarez sobre
Ana de Mendoza con motivo de la última biografía que el catedrático salmantino
había realizado sobre la Princesa de Éboli, una mujer maltratada por su Rey y
por la historia.
Nos
quedamos a comer en Pastrana en el convento de las monjas una sopa
castellana y un asado, pero las conversaciones con José Luis Herguedas, Olga,
Santi Barra, de Flores y Abejas o con Salvador Embid, de Nueva Alcarria solo
versaron sobre la Princesa, su vida y sus relaciones con Santa Teresa, Felipe
II y Antonio Pérez. De vuelta a la radio le encargué a Olga que cubriera los
actos de la feria que se celebraría a finales de Mayo con la ayuda técnica Toño
y Pedro.
Aquél
día me enamoré de un personaje histórico al que he seguido de cerca y todos los
años en primavera oigo como su voz me llama y vuelvo a Pastrana, recorro sus
calles, entro en su Palacio Ducal, ya rehabilitado, aunque no a mi gusto, subo
a su estancia en la que estuvo aislada los últimos años de su vida y me asomo a
“su balcón” de la Hora.
* Fotos web www.pastrana.org
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