miércoles, 21 de marzo de 2012

Nunca... (11); De la traición al "cuando"


Las últimas semanas de 1974 estuvieron impregnadas por las fuertes emociones; el encuentro con Neil Diamond, las tardes con May, la amistad creciente con Perales, el ambiente de compañerismo en el ya viejo estudio del fondo del pasillo de la segunda planta, pero sobre todo el final de la mili. Habían sido 18 meses duros y difíciles, pero al mismo tiempo me habían llevado a trabajar en lo que se había convertido en mi vocación y pasión, la música y la radio.

Realmente estábamos muy mal pagados, apenas 3.000 pesetas al mes a las que se les aplicaba una retención del 10% para un denominado “Fondo de Ahorro”, algo así como una cantidad de un supuesto plan de retiro, que se suponía te devolvían el día que te marcharas de la radio. En total 2.700 pesetas netas por 45 horas mensuales aproximadamente (entre 10 y 12 a la semana), lo que daba alrededor de 60 pesetas líquidas a la hora y a comienzos del año siguiente iba a crear “un conflicto” muy grave. Hasta ese momento todo se daba por bueno porque éramos estudiantes, no pasábamos dificultades, estábamos preocupados por la situación política, pero trabajando nuestro futuro, y seguíamos soñando…


El 31 de octubre de 1974 se estrenó en el Cine Coliseum de Madrid Verano del 42, la película de Robert Mulligan de 1971 con banda sonora de Michel Legrand, que tantas veces habíamos pinchado en la radio. Javier se había leído todo lo que caía en sus manos sobre el film, el argumento y Jennifer O’Neill, la protagonista de la que nos enamoramos como Hermie (Gary Grimes). Llegamos a verla mas de una docena de veces durante las semanas de su estreno, y cada vez que volvemos a vernos la recordamos y reafirmamos nuestro “amor” en el recuerdo por Jennifer y su personaje, Dorothy.



Se acabó la mili

La fecha de salida de la mili iba a ser el 20 de diciembre, pero debido a que en esa fecha se cumplía el primer aniversario del atentado de Carrero Blanco, y ante el temor de alguno otro, nos mantuvieron acuartelados 24 horas. Por fin el 21 de diciembre de 1974 salía de la Agrupación de Infantería de Marina con la cartilla militar sellada. La mili había terminado.

Una experiencia como esa deja una fuerte huella. Para algunos es una época en la que se hacen amistades definitivas –“para toda la vida”-, pero para mí salir de allí fue un respiro, un alivio, un desahogo hasta tal punto que nunca volví a ver ninguno de los compañeros ni establecí ningún contacto. Mi vida profesional estaba frenada por la vida militar. No puedo decir que lo pasara mal a pesar de los mas de 180 servicios (guardias) que realicé en 14 meses como Policía Naval, pero desde luego jamás le desearía a nadie pasar por la misma experiencia.

Ahora el tiempo presente y futuro lo marcaban la radio, la música y los amigos. A partir de ese momento, y hasta retomar la carrera, era el tiempo de compartir con Javier y su “seiscientos”, Romualdo y Carlos Barrón, en su piso de estudiantes de Moratalaz todas las “experiencias” que me habían ido contando. En algunas ocasiones se nos unía Joaquín Abad, un almeriense compañero de carrera y amigo de Romualdo, bastante osado y controvertido, con una visión muy “sui generis” de la profesión que le llevaría a tener problemas con la justicia, diferentes empresarios y mafias. Romualdo y él se habían conocido haciendo colaboraciones para El Ideal de Granada.

Esa navidad me dejó con una sensación agridulce; por un lado había desaparecido May y por otro necesitaba recuperar el tiempo perdido. Aprovechando que Romualdo se marchaba a Granada y Javier a Asturias, Olimpia, Pablo, Arriaza y yo nos repartimos los turnos de los demás durante las dos semanas de vacaciones.

La traición

A mediados de enero de 1975 llegó el momento de retomar la carrera, pero la sorpresa fue mayúscula cuando en la secretaría de la facultad me dijeron que no lo podía hacer porque se me habían pasado las convocatorias establecidas. Eso era imposible porque mostré la copia de la documentación que le había entregado a Romualdo en la que solicitaba precisamente que se suspendieran las convocatorias. En los archivos no figuraba ninguna solicitud. Cuando hablé con Romualdo me reconoció que no había presentado los papeles que le entregué. “Mi amigo” se había cargado mi carrera. En el expediente figuraba que no me había presentado a ninguna de las convocatorias de Lengua de Primero ni a las asignaturas de Segundo.

No lo pude solucionar; eché instancias en el rectorado, hablé con el vicerrector, moví todo lo imaginable, pero fue imposible. No podía seguir estudiando periodismo. Fui a ver a Don Antonio Calderón para planteamos la posibilidad de entrar en la redacción de informativos y, a partir de ahí poder hacer alguna maniobra, pero todo fue imposible. El único futuro mediático que me quedaba en ese momento era entregarme enteramente a la radio musical.

No me podía creer que el amigo en el que había confiado, con el que había entrado en la profesión, con el que había firmado los primeros reportajes, con el que compartía de nuevo, trabajo en la radio, que había venido a comer a casa casi a diario cuando pasaba necesidad hubiera actuado así. Fue extremadamente duro. Aquella amistad se rompió, se quebró radicalmente, pero teníamos que seguir viéndonos casi a diario en la radio. Le pedí a Arturo de la Vega que no me hiciera coincidir con él y lo respetó hasta que un domingo no lo pudo evitar.

Ese día yo tenía turno de dos y media a seis de la tarde, y a esa hora él me relevaría. Era una tarde muy tranquila. A las 4 se encendió la luz del teléfono y comencé una conversación agradable con una chica simpática. A mi no me apetecía ningún tipo de relación ni conversación “especial” porque aún echaba mucho de menos a May, pero la interlocutora atrapaba con la conversación, me preguntó si podía ir a conocer la radio, accedí aunque la advertí que yo me iría a las seis y no podría atenderla mas allá del tiempo del turno.

Quince minutos mas tarde se presentaba en la radio “May” –se llamaba igual-. Era rubia, alta e igual de simpática que por teléfono. No tuvimos una conversación mas allá de explicarle el funcionamiento de Los 40, la FM y la forma de programar los discos hasta que llegó Romualdo. Nos saludamos fríamente, le presente a la invitada y entre ellos surgió el flechazo. Una semana después se comprometieron y él dejo el piso de Moratalaz que compartía con Javier y se fue a vivir con ella. A veces el destino es travieso; al final yo le presentaba a mi ex-amigo a la que sería su mujer.

El Amigo, el hermano

En Luqui tuve el apoyo vital y necesario, no ya del amigo, a partir de ese momento se convirtió en mi confidente, en mi referente personal y profesional hasta su muerte. Sería ya siempre mi guía y valedor. Cuando unos meses mas tarde surgió “el conflicto de la FM” que supuso la salida de la radio de Javier, Romualdo y Carlos, él se encargó de apoyarme.

Es entonces cuando empezaron nuestros paseos por la Avenida de José Antonio hablando del “cuando”, cuando empezamos a ir juntos al cine, tanto de estreno como reposiciones, al teatro, a jugar a la máquina del “viejo pulcro” de la calle Desengaño, a llevarme a misa los sábados por la tarde, a conocer a sus “especiales amigos”, como Toni Genil y su "gente tan particular", a Gustavo Adolfo, de Radio Cadena, pero principalmente a Angel Luis Yusta y a Tania Ballester, pero esa ya es otra historia que tendrá su momento a lo largo del año que iba a empezar.

Continuará

Próximamente:
Capítulo 3
En el "abuelo pulcro" de Paul McCartney